Goddess of Love

Las largas piernas de los noventa

Goddess of Love

Venus es una inestable stripper que cae en una espiral de locura cuando piensa que su amante, un fotógrafo especializado en obras eróticas, le está engañando con otra. No hay mayor demonio que una mujer despechada. ¡Ouh yeah!

Anteriormente conocida como “The Dark Side of Venus”, un título a mi juicio superior al actual, “Goddess of Love” es el último trabajo del director de dos cintas muy queridas para este que suscribe: “Jack Brooks: Monster Slayer” y “The Shrine”; especialmente la primera, que resultó ser una deliciosa serie b homenaje al cine de los ochenta y que, en cierta manera, fue una de las películas que me acercó a Almas Oscuras. Sin embargo, la película que hoy nos incumbe parece un paso muy distinto para su director: ni más ni menos que un thriller erótico en la línea de títulos tan conocidos como “Instinto Básico”, “Juegos Salvajes” o “Atracción Fatal”. Aunque un servidor le ve ciertos tintes italianos, en la vena de los nuevos giallos eróticos como “Tulpa”, y una personalidad propia dibujada en una abundancia de desnudos que no se estila actualmente en el cine independiente. Así que los hombres, una recua de enfermos morbosos, estamos de enhorabuena con este viaje al cine de los noventa, a toda esa caterva de producciones que exponían la pasión desatada como motor de unos argumentos de dudosa catadura. ¿O es que nadie se acuerda del pequeño pene de Bruce Willies en “El Color de la Noche”?

Hashima Project

Fantasmas de medio pelo

Hashima Project

Ver ficha completa


DIVERSIÓN:
TERROR:
ORIGINALIDAD:
GORE:
  • 2/5

Hashima Project

Hashima es una pequeña isla, de 480 de ancho por 150 metros de largo, situada a pocos kilómetros de Nagasaki, y que hasta los años setenta ejerció de dormitorio para miles de mineros y sus familias que explotaban las minas de carbón cercanas para el gigante Mitsubishi. Con el auge de una nueva tecnología, la isla fue deshabitándose paulatinamente pese a haber sido la región de mayor densidad de población en el mundo. Actualmente se encuentra en total abandono y los enormes bloques de apartamentos de deshacen por las inclemencias del tiempo creando un paisaje fantasmagórico.

Y allí es donde cinco jóvenes se dirigen con la intención de realizar un documental que capture la presencia de fantasmas, su objetivo es venderlo a una productora de películas de terror. Que la cinta de la que hoy os hablamos, llamada “Hashima Project” de forma muy adecuada, ni siquiera se moleste en aportar los datos que un servidor ha recuperado de la wikipedia apunta muy a las claras el tipo de producto ante el que estamos: horror superficial para adolescentes, aunque afortunadamente no se trata de ningún “found footage”. Una razón de ser que no es mala de por sí, pero que acaba resultando pedante cuando se alarga hasta las dos horas de duración con un ritmo tedioso y un guion que no sólo carece de cualquier profundidad, sino que además desaprovecha su gran oportunidad: la localización tan sugerente que ofrecen los edificios de hormigón de la isla Hashima. De hecho, esta isla ya ha sido visitada por las cámaras de grabación en diversos videos clips y como decorados para “Battle Royale II”, además de formar parte de los exteriores de la guarida del villano de “Skyfall”. Es más, hace años que las visitas se prodigan, pues la isla ha sido parcialmente abierta al público a principios de siglo; algo tendrán esos parajes que estimulan la imaginación, lo que me recuerda otro estrepitoso fracaso como fue “Atrapados en Chernobyl”, y aun así tengo que reconocer la superioridad de esta última frente a la cinta tailandesa que hoy nos ocupa, lo cual ya debería prevenirnos.

Lo mejor: Los aspectos técnicos y los paisajes de la isla abandonada.

Lo peor: Su ritmo tedioso y un guion que no hay por donde cogerlo.


El precio de un imperio

Un relato de Francesc Marí Company

El precio de un imperio

París, 2 de diciembre de 1804

—¡Largo! —le espetó crudamente al sirviente que gentilmente le abría la puerta—. No quiero ver a nadie.
Mientras el sirviente huía con paso acelerado del despacho de su amo, este cerró dando un portazo que hizo temblar las altas paredes de aquel palacio. Esa noche no estaba de humor para tratar con amantes fervientes y, mucho menos, con criados excesivamente serviles. Él era solo un hombre.

Lentamente, pero con paso firme, se dirigió a su escritorio y se dejó caer en aquella butaca que tan pocas veces usaba. Hincó el codo derecho en el apoyabrazos de la butaca y se frotó la frente con tan sólo el pulgar y el índice. A pesar de que aquel debería ser el día más feliz de toda su vida, sabía que no podía celebrarlo como el resto de la ciudad y de la nación lo estaban haciendo en aquel preciso instante. Si París y Francia supieran que había hecho para subir al trono, probablemente dejarían de tratarlo como a un dios viviente.

Cerró los ojos intentando relajarse, pero antes de que su mente intentara buscar algún agradable recuerdo, como el día que conoció a su esposa o el agradable tacto de las manos de su madre, escuchó unos suaves pasos.

Cub

El honor de un slasher

Cub

Ver ficha completa


DIVERSIÓN:
TERROR:
ORIGINALIDAD:
GORE:
  • 3.5/5

Cub

Con la belga Cub – galardón a la mejor dirección en el Festival de Sitges y recién salida de la programación del Tiff – retomamos aquellos casposos slashers de antaño (gloriosos años 80), en especial los relacionados con los campamentos de verano, siendo Viernes 13 el gran éxito taquillero que coronó aquella tendencia. Una finalidad revival similar a la que persiguió en su momento el soporífero slasher pseudo-musical Stage Fright, aunque en realidad Cub tampoco le gira la espalda a slashers mucho más cercanos en el tiempo, de manera que sagas como la de Wrong Turn y, como no, la extensa sombra de Saw se encuentran muy presentes durante todo el trayecto que experimentamos en Cub. De hecho, resulta complicado hablar de Cub sin reconocer los méritos de una saga como Saw (a pesar de la saturación y el rechado que suele provocar entre buena parte de los aficionados) o sin mencionar slashers ochenteros del calibre de la mencionada Viernes 13, Sleepaway Camp o sucedáneos. Cub es una perfecta mezcolanza entre lo viejo y lo nuevo… tanto para bien como para mal.

La historia gira en torno a la pesadilla de campamento de verano del pobre Sam, un joven boyscout que sufre la humillación y el vilipendio contínuo tanto de sus compañeros como de sus instructores – vamos, todo un cliché el muchacho – , además de sufrir el acoso de un misterioso personaje cuya identidad, obviamente, no desvelaré. A la par que muchos de aquellos slashers ochenteros a los que os hacía mención, Cub también esconde mucho factor psicológico de pacotilla, muy mal desarrollado y con muchas lagunas, probablemente con la única intención de sorprender al espectador más despistado. El problema es que la película se anda durante mucho tiempo por las ramas, construyendo con esmero sus clichés y jugando con la ambivalencia de sus personajes de un modo muy vago, en lugar de centrarse en ofrecer, cuanto antes, casquería fina y tensión, que al fin y al cabo es lo que, en realidad, se le da de auténtico vicio. No obstante, y a pesar de que tarda más de lo deseado (padeciendo, en determinados momentos, un ritmo algo lento), la mala leche llega… y es bien recibida. Finalmente todo queda bien hilvanado: los clichés, el factor picológico y la mala leche; dejando constancia de que Cub no se anda con tonterías y que, cuando arranca, deja demostrado, con creces, que se trata de una efectiva película de terror.

Lo mejor: las muertes son geniales, completamente inesperadas… un soplo de aire fresco.

Lo peor: el guión es un poco esperpéntico y algo previsible. Podría haber sido una de las películas del año.