Furia
Un cuento de zombis por Beatriz T. Sánchez y Jorge P. López

Lo primero que proclama su unión de nuevo al cuerpo maltrecho es el dolor. El vivísimo dolor en cada fibra, en cada nervio, en la sangre espesada. Ha rondado como un polluelo abandonado alrededor del nido en putrefacción, pero, por fin, ha vuelto a caer sobre él. Sí, es su cuerpo, frío y abotargado. Otra vez le pertenece, después de ese vagar incorpóreo en torno a la zanja. Una sola pregunta reina tras la nube rojiza que inunda el cerebro reblandecido. ¿Qué es ese odio que hierve a la altura de sus entrañas, los destellos bermejos que punzan y sollozan tras sus febriles ojos?
Esa gasa roja vira al granate al recordarle a él y los dientes entrechocan, castañeteando, sin poder articular el deseado insulto. Los tendones, tiesos como viejos papiros, se estremecen tratando de tirar de los huesos incongruentemente pesados. Unas imágenes emborronadas se suceden semejando una vieja película en blanco y negro. El bosque, el coche que se para, el ruido de ambas puertas al cerrarse, los pasos alejándose al ritmo de la discusión; la discusión, otra más, él no va a abandonar a su mujer, sí, claro, prefiere la comodidad, la seguridad de lo cotidiano y conocido; los nervios se deshilachan ansiosos ante los terribles recuerdos que llegan sin ser deseados. Las malas palabras, el bofetón, la caída y la piedra… él se abalanza sobre ella sin darle tiempo a incorporarse, con aquel canto que hundió en su cabeza una vez, dos veces, tres veces… un estallido de cólera que todavía cala sus huesos, un arrebato convertido en la única certeza de aquel curioso claro lleno de escombros marmóreos. Él, ella, las ruinas. Una salmodia interior que ahora es su única guía.


