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Tengo que confesar que la obra de José Carlos Somoza siempre me ha atraído poderosamente como concepto pero, también, siempre me ha dejado un tanto insatisfecho. Es indudable que sabe escribir y crear personajes. Tampoco se puede negar que sabe fabricar atmósferas inquietantes llenas de magia. Pero detrás de esas ambiciones en los preliminares, se esconde una pronunciada dificultad a la hora de cerrar sus tramas de forma satisfactoria y un alargamiento de la narración que favorece más el volumen de páginas que el éxito del relato. Me gusta mucho, en cualquier caso, que su terror sea intelectual: que hable sobre la creación, el proceso de la escritura y el arte (ya sea literatura, pintura o cine) de forma fantástica, casi mágica. Una manera de escribir que, sin caer en la pedantería cultureta, incentiva al lector incondicional, al ratón de biblioteca, con constantes referencias a obras clásicas. Buen ejemplo de esto son sus obras Dafne desvanecida, El cebo, Clara y la penumbra o la que nos ocupa La dama número 13. Todas ellas comienzan de forma poderosa y portentosa, pero la gran mayoría finalizan, tras una sucesión de giros un tanto alocada, en conclusiones abruptas y simplistas (algo parecido a la dejadez que me suscitan, también, los cierres de las novelas de Harry Potter, ya que estamos). Es por eso que, cuando me enteré que Jaume Balagueró preparaba la adaptación de la obra La dama número 13, me temí lo peor. Visto el resultado en un par de ocasiones, tengo que decir que, sin ser una obra maestra, el director catalán ha logrado sacar adelante la, a mi juicio, mejor adaptación posible de esta novela.
Lo mejor: sintetiza la novela de forma elegante. Su factura oscura.
Lo peor: su corrección es fría y no emociona.